Mi experiencia en Mindfulness

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Sólo alguien que me conocía y sabía de mi interés por el Mindfulness podía haberme hecho llegar la información. Había un curso que iba a empezar de manera inminente, que se impartía en un lugar cercano, y que podía compaginar con mi agenda. No me había imaginado nunca en un curso así aunque varias veces había bromeado con un retiro espiritual para recuperar energías, en esos momentos en que el estrés y la tensión sólo los podía ir llevando con ayuda de la experiencia que dan los años.

Precisamente esa mínima atracción me hizo leer sobre el tema, y me gustaba. Conocía bien la teoría, pero faltaba encontrar el camino y obtener la determinación suficiente para comenzar a andar. En principio no tenía muchas ilusiones puestas en el curso que iba a emprender, pero allí estaba aquella tarde de octubre, en una sala práctica y adecuada para el evento, con unos compañeros tan curiosos como yo, y con una profesora que me iba demostrando que aquello no iba a ser perder el tiempo.

Desde luego, fue el pistoletazo de salida. Casi de manera asombrosa, las muestras de que todo aquello funcionaba no tardaron en llegar. La relación entre los ejercicios y los resultados era cuanto menos sorprendente. Comprendí lo que significa la conexión de la mente con el cuerpo, de la que había leído y me habían hablado. Aprendí técnicas sencillas para conectar con el ahora y evitar la atormentadora dispersión de la mente. También llegaron las dudas cuando me costaba en demasía mantener la atención, cuando aparecía algún retroceso en mi evolución. Sin embargo, me hicieron ver que aquello también era Mindfulness y que, como suele ocurrir comúnmente, en el camino está la enseñanza.

Al final, poco a poco pero notoriamente, no sólo conciliaba mejor el sueño sino que me sentía más relajado. No era abrumador, pero sí muy agradable. Empecé a tener menos problemas con otras personas, a estar más tranquilo en mis relaciones, a estar más seguro de mí mismo. En definitiva, he acabado siendo más feliz.

Suelo meditar una vez al día, especialmente cuando adivino sensaciones negativas, síntomas de sentimientos estresantes. Ayuda a calmar la mente y me mantiene más relajado.

Practico continuamente el estar presente, prestando atención a lo importante y centrándome en el momento actual. Quito el “piloto automático” y cualquier momento del día lo intento convertir en una experiencia plena. El comer, el momento de la ducha o un simple paseo, se han convertido en experiencias importantes y útiles. Las personas de mi entorno también me lo agradecen (aunque casi nunca explícitamente). La conducción hasta el trabajo la he convertido en un momento agradable, disfrutando de detalles del paisajes en los que no había caído a pesar de haberlos recorrido miles de veces. Especialmente los amaneceres son muy bellos en esta tierra. Intento constantemente ser más experiencial que narrativo, menos mental y más centrado en las sensaciones. Lo utilizo como técnica para vivir en el aquí y el ahora, cuando mi mente está especialmente agitada o cuando conduzo por ejemplo. Para ello centro la atención en las sensaciones corporarles, conectando con mis emociones. He desarrollado mis propios trucos, y no me he librado totalmente de mi yo mental (más me vale), pero sé en cada momento lo que hacer para encontrarme bien.

Como decía, poco a poco he ido alcanzando una cierta paz interior y me siento más feliz. Además y sin saber muy bien cómo, las cosas me salen mejor. No es casualidad, estoy seguro.

Pedro R.